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El estrés térmico se intensifica

Un estudio publicado en Nature Climate Change revela que el calor extremo es más frecuente, prolongado y severo en todos los continentes. Las noches se calientan más rápido que los días y la exposición humana aumenta incluso por encima del crecimiento demográfico.

El calentamiento global está transformando el calor extremo en una amenaza más persistente para la salud humana. Ya no se trata únicamente de olas de calor aisladas: las temperaturas peligrosas abarcan territorios más amplios, comienzan antes, terminan después y reducen cada vez más el alivio térmico durante la noche.

Una investigación publicada el 22 de junio en Nature Climate Change encontró una intensificación multidimensional del estrés térmico desde la década de 1970. El estudio analizó información climática global de 1950 a 2024 y comparó las condiciones de los años setenta con las registradas entre 2015 y 2024.

Entresacado: El porcentaje de la población mundial expuesta a por lo menos 90 días de estrés térmico fuerte al año aumentó de 55% en la década de 1970 a 70% en el clima actual.

La investigación fue desarrollada por Rebecca Emerton, Julien Nicolas, Anna Lombardi y Claudia Di Napoli, especialistas del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF).

Más que temperatura

Para medir el impacto real del calor sobre las personas, los investigadores utilizaron el Índice Universal de Clima Térmico (UTCI, por sus siglas en inglés). Este indicador no considera solamente la temperatura del aire, sino también la humedad, el viento, la radiación solar y la respuesta fisiológica del cuerpo humano.

El UTCI expresa las condiciones ambientales como una temperatura de “sensación” y clasifica el estrés térmico como moderado, fuerte, muy fuerte o extremo. El estudio estableció como umbrales 32 °C de UTCI para estrés fuerte, 38 °C para muy fuerte y 46 °C para extremo.

Los resultados muestran que las temperaturas máximas percibidas durante los diez días más calurosos de cada año aumentaron, en promedio, 0.27 °C por década desde los años setenta. Sin embargo, las mínimas de las noches más calurosas crecieron a un ritmo mayor: 0.32 °C por década.

Este calentamiento nocturno resulta especialmente preocupante porque impide que el organismo se recupere del calor acumulado durante el día y puede incrementar los riesgos para personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias y otras condiciones preexistentes.

Las noches más calurosas se están calentando más rápido que los días: 0.32 °C por década frente a 0.27 °C.

Hasta 50 días adicionales de calor peligroso

La huella geográfica del estrés térmico también se ha expandido. Regiones que durante los años setenta prácticamente no enfrentaban determinadas categorías de calor peligroso ahora registran estos episodios con regularidad.

En zonas subtropicales del sur de América del Norte, Europa, África y América del Sur se contabilizan hasta 50 días adicionales por año con estrés térmico fuerte. En los trópicos, donde estas condiciones ya estaban presentes durante buena parte del año, el cambio se manifiesta principalmente en el desplazamiento hacia categorías más severas.

La frecuencia del estrés térmico extremo es actualmente 2.5 veces mayor en Europa y América del Sur que en los años setenta. En América del Norte se duplicó, mientras que en África aumentó 1.8 veces.

América del Sur presenta, además, una elevada carga térmica: durante la última década, las condiciones de estrés fuerte aparecieron en 63% de los días y lugares considerados, solamente por debajo de África, con 70%.

El estrés térmico extremo ocurre hoy 2.5 veces más frecuentemente en América del Sur que en la década de 1970.

Temporadas más largas y noches sin alivio

En las zonas extratropicales del hemisferio norte, la temporada de estrés térmico moderado es, en promedio, 15 días más larga que en los años setenta. La temporada de estrés fuerte se extendió 12 días; la de estrés muy fuerte, nueve, y la de estrés extremo, seis días.

El estudio también documentó un incremento de los eventos compuestos, definidos como secuencias de días con estrés térmico fuerte seguidos por noches tropicales, en las que la temperatura mínima no desciende de 20 °C.

Estos periodos se han vuelto más frecuentes y prolongados en todos los continentes, especialmente en Europa, África y América del Norte. La combinación de calor diurno y falta de enfriamiento nocturno representa un riesgo mayor que los episodios concentrados exclusivamente durante el día.

Mil millones de personas adicionales

El aumento del estrés térmico está modificando de forma sustancial la exposición humana. En los años setenta, 55% de la población mundial vivía en lugares con al menos 90 días anuales de estrés térmico fuerte. En el periodo 2015-2024, la proporción alcanzó 70%.

La población expuesta por lo menos un día al año a estrés térmico extremo pasó de 16% a 22%. Al considerar también el crecimiento demográfico, esto equivale a mil millones de personas adicionales.

Los autores determinaron que, en la mayoría de las categorías analizadas, el incremento de la exposición provocado por las nuevas condiciones climáticas fue igual o superior al generado por el crecimiento y la redistribución de la población.

Adaptación urbana y reducción de emisiones

Los investigadores advierten que sus cálculos podrían ser conservadores. Los datos de reanálisis utilizados no capturan por completo microclimas como las islas de calor urbanas, por lo que los extremos y la exposición dentro de las ciudades pueden estar subestimados.

El estudio plantea la necesidad de incorporar indicadores de estrés térmico, y no solamente de temperatura, en los análisis de riesgo climático. También señala como prioridades los sistemas de alerta temprana, los planes de acción ante el calor, el enfriamiento urbano y las estrategias dirigidas a proteger a la población durante la noche.

Reducir superficies que absorben calor es una de las claves para reducir el estrés térmico.

Para las ciudades, esto implica ampliar la infraestructura verde, reducir superficies que absorben calor, mejorar el desempeño térmico de los edificios y garantizar acceso eficiente a sistemas de enfriamiento. Sin una reducción acelerada de emisiones y mayores capacidades de adaptación, el calor peligroso continuará extendiéndose y amenazará la salud, los medios de vida y la productividad de miles de millones de personas.

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